Escritas <Purgantes para aquello contrario a la belleza.

“Siempre fue considerado feo. Siendo un infante de meses incluso, desarrolló una alergia o rechazo a la leche materna que se manifestó como el enronchado púrpura general de su entonces llana cabecita. Las fotos de la época son un verdadero accidente. No es raro verle aparecer envuelto en blanquísimos pañales y el enrojecido gesto de su cara zarpullida luce en el centro como el dedo de un rehén exhibido sobre una mota de algodón. Hasta aproximadamente los diez años, sin embargo, su aspecto no le significó trastorno alguno y esa primera vez en que una niña no lo eligió a él, sino a Felipe Caballero para compartir el libro de biología, francamente le pareció un alivio. Eso si, no le fue fácil reparar en su fealdad, lo supo o comenzó a sospecharlo una tarde de “viernes santo”, durante una de esas jornadas frenéticas del patio escolar en busca de los huevos de chocolate. Por cierto, nunca logró simpatizar con ese conejo evasivo, la capacidad de ocultarse en un anciano obeso como el viejo pascuero era digamos que meritoria, pero en un conejo siempre le pareció abusiva. Esa tarde otoñal la Bernardita, una chica linda y que aun no comenzaba con eso de vomitar a escondidas, encontró displicente el huevo madre. Realmente era un huevo enorme y resplandecía en su envoltorio dorado. Al verla, la señorita Mildred propuso divertida: -“regálaselo a tu novio”- al tiempo que echaba sobre él una miradilla mordida. Lejos de avergonzarse, la una se unió en un risotón corto y lapidario con la otra.
Él simplemente partió al espejo, al del baño de niños, a constatar lo que para ellas era sabido y añejo."